Esa era mi fantasía tóxica, recurrente, torcida, borrosa. Nunca ha estado escondida, yo siempre la he tenido presente, nunca he querido hablarla, tocarla. Cada que aparece enmudesco pero ella esta allí, siempre al frente.
"No tengo hambre", no lo tenía, no lo sentía; estaba asustada. No siento deseo de alimentarme, voy a morir. Voy a morir. Siempre ese pensamiento, voy a morir.
La comida que ingería pasaba como pedazos de cartón sin sabor, plastas de algo recorrían mi garganta y yo no sabía si estaba llena, si debía dejar de comer en algún momento o si tenía sed. Nada. No sentía nada.
Los lugares dónde trabajaba me daban la comida, desayunos y almuerzos. Cada mañana llegaba y pensaba en qué era lo que un cuerpo necesitaba para iniciar el día y escogía un café con leche, un pan, una fruta. Comía, despertaba, continuaba hasta el almuerzo. Allí dejaba que la señora de la cafetería me sirviera cualquier cosa, "Estas tan flaquita hijita" y ¡Paf! me servía un plato de obrero. Yo me comía hasta el último arroz pero sin hambre. Los cocineros se desesperaban al verme y mandaban cosas a mi oficina, pancitos, omeletes, fruta, galletas; parecia que tenían angustia. Yo no quería angustiar a nadie y me lo comía.
"Flaca, eres anorexica ¿verdad?" me dijo un amigo un día. Enfurecí. No, no soy anorexica le contesté. ¿Qué se había creído?¿De dónde sacó eso?.
Yo sólo no tenía hambre. A pesar de eso comía porque racionalmente estaba preocupada, ¿qué sucede con mi instinto de auto preservación? No tengo deseo de alimentar la vida, pensaba en eso todo el tiempo, en eso como una señal de mi cuerpo ¿Qué quiere decir esto? No lo entiendo, no me entiendo.
Dos comidas obligadas al día de Lunes a Viernes, 40 raciones consumidas a la mala en un mes, "Deberían ser más, ¿que hago? Siempre contaba la cantidad de veces en que me alimentaba, tenía que hacerlo porque si no las contaba las pasaba por alto, porque para mi las horas del día eran siempre las mismas, mis necesidades biológicas estaban como borrosas, restringidas. Salía de trabajar y no comía más, en mi cabeza rondaban las cuentas: 16 horas sin comer, eso no puede estar bien ¿Qué hago?.
Los Sábados y Domingos ya ni los medía, recuerdo que dormía mucho, dormía mal, con sobresaltos, con sueños horribles. Tenía sed, tantísima sed, tantísimo frío. Caminaba al chifa y compraba una sopa, llegaba a casa y al tomarla sentía como si me hiciera cariño por dentro... tibiecita, calmada, me quitaba la sed, me quitaba el frio, no importaba que no tuviera hambre, la sopa era amable.
Me acurrucaba en mi cama y miraba la pared blanca, vacía, miraba la mesita con la comida que había llevado una amiga, miraba de lejos como se podría. Se veía buena, pero yo no sentía impulso de tomarla, la veía y sentia que no era algo para mi, sólo la veía. Así se acababan las noches y los fines de semana.
Sentía que yo no era suficiente para cuidar de mi misma, todos los días sentía que no iba a poder, "No es suficiente, nunca es suficiente" pensaba.... En la esquina de mi cuarto me miraba sola y pensaba que yo no era suficiente, pero tampoco tenía a nadie más.. Voy a morir, no soy suficiente para cuidar de mi misma, repetía. "Tu tienes que salvarte" me decía a mi misma, "No puedo, todo me duele mucho" me contestaba. Volvía a mirar las paredes blancas y pensaba que sí pues, si no había nadie tenía que ser yo. Que triste era ser yo.
En orden de salvame me paraba de la cama todas las mañanas para ir a trabajar y repetía: Limpieza, vestido, arreglo de espacio, billetera, seguro médico, lentes, celular, llaves. Educación para un niño adulto, pensaba en la ducha, recordarme a cada rato las cosas básicas que tenía que hacer.
Caminaba a tomar el bus y me sentía mareada, "Voy a morir" me decía... "¡No!" me contestaba, paraba y esperaba a que mi visión fuera menos borrosa antes de seguir caminando. Vas a estar bien, vas a estar bien, todo va a pasar... seguido de mi propio speach acerca de las razones físicas del mareo y su relación con mi no comer, las consecuencias de no hacerlo.
Un día por fin tuve hambre. Quería un sandwich y un café de una cafetería cercana; lo pensaba, lo saboreaba... pero me sentía tan debil para caminar. No importa, voy a ir - me dije.
Cuando caminaba para la avenida empecé a marearme de nuevo. "Voy a caerme en medio de la pista y me van a atropellar, un carro me va a atropellar por haber salido a la calle, por tener hambre". Voy a morir porque tengo hambre". Entonces retrocedí decidí caminar por la calle paralela a la avenida porque ahi no habían combis, había un parque. "Si muero de hambre, moriré en un parque y nadie me va a atropellar".
Así que caminé por el parque y cuando llegué a la altura de la cafetería corrí hasta la puerta, pedí lo que se me había antojado y regresé caminando a mi casa por el parque, comiendo mi sandwich en el camino.
Cuando llegué a casa, me senté en la cama y suspiré. Me había alimentado con algo por lo que sentía deseo y no había muerto.
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sábado, 8 de septiembre de 2012
martes, 11 de octubre de 2011
Encontrado hoy
De Jaime Sabines
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Ella y Él
Ella se movía adormecida entre sus sábanas, respirando como si estuviese regresando de algún lugar lejano. Aturdida, abrió los ojos y volvió a cerrarlos.
Ella estaba parada con un hombre, vestida de fucsia y panuelo en el cabello, Él de uniforme solémne: los dos hablaban acerca de lo que iba a suceder en breves momentos.
Ven acuéstate en mi regazo unos momentos, antes de que todo termine, le dijo ella con suavidad.
Ella conocía a su pueblo, sabía de que eran capaces, sabía que no iban a tener misericordia de él; no importaba quien fuese, ellos sólo iban a pedir sangre en su revolución. Los días de tensa paz se habían terminado.
Cuando se conocieron nunca pensaron en estar juntos, él venía de muy lejos y de dejarlo todo, ella venía de un pueblo que cargaba con años de injusticias. El destino siempre junta a las personas para que aprendan uno del otro en su camino.
Ambos vivían en una alianza donde el imperio de llegada era representado por él y el pueblo invadido por ella. Ambos simbolizaban un tenso acuerdo que había surgido luego de una matanza de muchos años, donde todos culpaban a todos y al no saber con certeza quien era el culpable decidieron tranzar una alianza; no eran los primeros en gobernar, pero si serían los últimos.
Cuando él decidió aceptar ese puesto sabía que si todo se rompía él sería quien daría la cara por su imperio, sabía que si algo pasaba sería él quien moriría; pero como buen guerrero aceptó su camino y decidió defender la paz de la alianza.
Ella llegó allí por herencia, simplemente aceptó lo que su pueblo le había enseñado desde pequeña: sus ancestros y familiares gobernaron y ahora no quedaba más nadie que ella.
Así, en esas circunstancias ellos aprendieron a amarse.
Pero la alianza había sido traicionada en secreto y el pueblo había vuelto a levantarse en busca de culpables. Lo único que sabían a ciencia cierta es que todos lo acusaban a él y pronto vendrían a tomar su cabeza. Ella sabía, sabía que el no tenía culpa alguna, pero no tenía como probarlo.
No importa, dijo él, yo voy a enfrentarlos con la verdad y si muero pues ese será mi destino.
Ella no soportó escuchar sus palabras, no podía ver torturado a su inocente amante, imaginaba cuando vendrían a buscarlo, la forma que sabía que lo harían. Ella, al romperse la alianza, debía entregarlo a su pueblo.
- No puedo entregarlo, que muera conmigo antes de que lo haga en manos de ellos; pensó.
En ese momento lo decidió. De cualquier forma iba a ser castigada, de cualquier forma, ambos estaban condenados.
- No me importa, prefiero ser yo la que muera en sufrimiento antes que verlo torturado, se dijo.
El se acercaba y ella vertió un té que le dio a beber, el lo recibió y se recostó sobre ella.
El pareció no darse cuenta, cada segundo que pasaba en su regazo mientras ella acariciaba su cabeza iba cayendo en un profundo sueño. Ella contenía el llanto, "Quienes son peores, Quienes son peores..." se repetía mientras sin mirar besaba su frente descubierta.
Abrió los ojos, lo vio muerto. Tras un golpe en la puerta la guardía entró y ella enterró en algún lugar sus gritos, sus ojos de horror, el dolor de su crimen. Los guardías gritaban, preguntaban cosas, lo movían, la movían... su rostro parecía haberse congelado.
Ella conocía las reglas, debió entregarlo, al darse cuenta de que estaba muerto le darían muerte.
Moriré... moriré... moriré porque has muerto... moriré porque te he dado muerte, se repetía entre el miedo y el alivio Los dirigentes sublevados llegaron para entregarlo a la multitud, pero sólo estaba ella, entumecida, silenciosa entre los gritos que la acusaban de traición.
Moriré.
Traición o clemencia, no importaba, alguien debía ser castigado. La tomaron por el brazo y paso a paso la guardia la llevó entre la multitud enardecida por cada camino. Ella lloraba y no lo sentía, veía las caras de la gente que gritaba improperios mientras caminaba. Llegó a una celda de paredes enormes.
- Aquí moriré, se dijo. Pero no fue así.
Allí la dejaron y de cuando en cuando un plato de comida rancia visitaba su puerta. "Ahora si", se decía cuando escuchaba ruidos, pero no, los días pasaban y nadie terminaba con su tribulación.
Entonces, mientras pasaban los días ella repetía: Tuve que hacerlo, no podía dejar que ellos lo hicieran, a las paredes de su celda, a los bichos que caminaban sobre ella, al polvo que la cubría, tratando de justificar esa horrible imagen grabada en sus ojos; verlo morir en sus brazos, saber que fue ella .
Los años pasaron y al no llegar la muerte a su silencio, ella la invocó a gritos, maldiciendo, suplicando, pero la única llegada era la de su comida rancia.
Ella contó las líneas de su piel y sus cabellos grises como si fueran años, veinticinco, treita y cinco, cincuenta... que importaba... ella contaba delirando.
Una mañana, con la sensación de veracidad de sus desvario cotidianos, Ella empezó a escucharlo.
"Vamos, es el momento", le repetía susurrando. Ella no lo creía.
Durante seis días seguidos Él regresó con sus susurros, Ella, inmovil en su celda lo escuchaba cada mañana sin contestar, quietecita como animal débil. Al amanecer de la sétima mañana Él apareció por unos segundos y le dijo: "Te estoy esperando, ven conmigo"
Ella, con el mismo vestido con el que creyó debió morir hace muchos años, tocó sus ojos con la lentitud propia de sus años y dio varios suspiros mientras sentía el sol entrar por su ventana. Al ver el resplandor claro, cerró los ojos.
De un brinco salió de la cama, miró sus manos, su cuarto, tocó su piel, corrió al espejo... no, no era anciana... Pero ayer... o anoche... anoche... anoche me dormí aquí, sí, sí, sí. Miró la hora y corrió a la ducha, mientras se vestía se miraba al espejo como si desconfiara. Tomó sus cosas y se fue a trabajar como de costumbre. A la mitad del día Él la llamó diciéndole que iba a ir a su casa en la noche. Ella le contestó que lo esperaba.
Esa noche ellos hablaban serios despues de la comida, Ella lo acariciaba en su cama y tras un silencio largo El volteó y de la nada le dijo:
- ¿Estas pensando en matarme?
- No... ¿por qué? Preguntó preocupada.
- Porque no sé, tuve esa imagen. Esta dificil esto...
Ella se asustó, no supo que decir, guardo un silencio pequeño e hizo una mueca para no contestarle.
-Entonces, ¿Qué hacemos?
- ¿De qué?
- ¿Cómo que de qué?
- Ah... perdón.
- ¿Estas prestando atención?
- Sí, sí.
- Dime entonces, lo que sea, pero dime la verdad.
- Si.
- ¿Sí?
- Sí. Lo hacemos juntos.
- Va a ser dificil...
- Lo que suceda, hagámoslo juntos
El sonrió y tomando su mejilla le dijo:
- Ya linda, no te pongas tan seria... nadie va a morir en este intento.
Ella estaba parada con un hombre, vestida de fucsia y panuelo en el cabello, Él de uniforme solémne: los dos hablaban acerca de lo que iba a suceder en breves momentos.
Ven acuéstate en mi regazo unos momentos, antes de que todo termine, le dijo ella con suavidad.
Ella conocía a su pueblo, sabía de que eran capaces, sabía que no iban a tener misericordia de él; no importaba quien fuese, ellos sólo iban a pedir sangre en su revolución. Los días de tensa paz se habían terminado.
Cuando se conocieron nunca pensaron en estar juntos, él venía de muy lejos y de dejarlo todo, ella venía de un pueblo que cargaba con años de injusticias. El destino siempre junta a las personas para que aprendan uno del otro en su camino.
Ambos vivían en una alianza donde el imperio de llegada era representado por él y el pueblo invadido por ella. Ambos simbolizaban un tenso acuerdo que había surgido luego de una matanza de muchos años, donde todos culpaban a todos y al no saber con certeza quien era el culpable decidieron tranzar una alianza; no eran los primeros en gobernar, pero si serían los últimos.
Cuando él decidió aceptar ese puesto sabía que si todo se rompía él sería quien daría la cara por su imperio, sabía que si algo pasaba sería él quien moriría; pero como buen guerrero aceptó su camino y decidió defender la paz de la alianza.
Ella llegó allí por herencia, simplemente aceptó lo que su pueblo le había enseñado desde pequeña: sus ancestros y familiares gobernaron y ahora no quedaba más nadie que ella.
Así, en esas circunstancias ellos aprendieron a amarse.
Pero la alianza había sido traicionada en secreto y el pueblo había vuelto a levantarse en busca de culpables. Lo único que sabían a ciencia cierta es que todos lo acusaban a él y pronto vendrían a tomar su cabeza. Ella sabía, sabía que el no tenía culpa alguna, pero no tenía como probarlo.
No importa, dijo él, yo voy a enfrentarlos con la verdad y si muero pues ese será mi destino.
Ella no soportó escuchar sus palabras, no podía ver torturado a su inocente amante, imaginaba cuando vendrían a buscarlo, la forma que sabía que lo harían. Ella, al romperse la alianza, debía entregarlo a su pueblo.
- No puedo entregarlo, que muera conmigo antes de que lo haga en manos de ellos; pensó.
En ese momento lo decidió. De cualquier forma iba a ser castigada, de cualquier forma, ambos estaban condenados.
- No me importa, prefiero ser yo la que muera en sufrimiento antes que verlo torturado, se dijo.
El se acercaba y ella vertió un té que le dio a beber, el lo recibió y se recostó sobre ella.
El pareció no darse cuenta, cada segundo que pasaba en su regazo mientras ella acariciaba su cabeza iba cayendo en un profundo sueño. Ella contenía el llanto, "Quienes son peores, Quienes son peores..." se repetía mientras sin mirar besaba su frente descubierta.
Abrió los ojos, lo vio muerto. Tras un golpe en la puerta la guardía entró y ella enterró en algún lugar sus gritos, sus ojos de horror, el dolor de su crimen. Los guardías gritaban, preguntaban cosas, lo movían, la movían... su rostro parecía haberse congelado.
Ella conocía las reglas, debió entregarlo, al darse cuenta de que estaba muerto le darían muerte.
Moriré... moriré... moriré porque has muerto... moriré porque te he dado muerte, se repetía entre el miedo y el alivio Los dirigentes sublevados llegaron para entregarlo a la multitud, pero sólo estaba ella, entumecida, silenciosa entre los gritos que la acusaban de traición.
Moriré.
Traición o clemencia, no importaba, alguien debía ser castigado. La tomaron por el brazo y paso a paso la guardia la llevó entre la multitud enardecida por cada camino. Ella lloraba y no lo sentía, veía las caras de la gente que gritaba improperios mientras caminaba. Llegó a una celda de paredes enormes.
- Aquí moriré, se dijo. Pero no fue así.
Allí la dejaron y de cuando en cuando un plato de comida rancia visitaba su puerta. "Ahora si", se decía cuando escuchaba ruidos, pero no, los días pasaban y nadie terminaba con su tribulación.
Entonces, mientras pasaban los días ella repetía: Tuve que hacerlo, no podía dejar que ellos lo hicieran, a las paredes de su celda, a los bichos que caminaban sobre ella, al polvo que la cubría, tratando de justificar esa horrible imagen grabada en sus ojos; verlo morir en sus brazos, saber que fue ella .
Los años pasaron y al no llegar la muerte a su silencio, ella la invocó a gritos, maldiciendo, suplicando, pero la única llegada era la de su comida rancia.
Ella contó las líneas de su piel y sus cabellos grises como si fueran años, veinticinco, treita y cinco, cincuenta... que importaba... ella contaba delirando.
Una mañana, con la sensación de veracidad de sus desvario cotidianos, Ella empezó a escucharlo.
"Vamos, es el momento", le repetía susurrando. Ella no lo creía.
Durante seis días seguidos Él regresó con sus susurros, Ella, inmovil en su celda lo escuchaba cada mañana sin contestar, quietecita como animal débil. Al amanecer de la sétima mañana Él apareció por unos segundos y le dijo: "Te estoy esperando, ven conmigo"
Ella, con el mismo vestido con el que creyó debió morir hace muchos años, tocó sus ojos con la lentitud propia de sus años y dio varios suspiros mientras sentía el sol entrar por su ventana. Al ver el resplandor claro, cerró los ojos.
De un brinco salió de la cama, miró sus manos, su cuarto, tocó su piel, corrió al espejo... no, no era anciana... Pero ayer... o anoche... anoche... anoche me dormí aquí, sí, sí, sí. Miró la hora y corrió a la ducha, mientras se vestía se miraba al espejo como si desconfiara. Tomó sus cosas y se fue a trabajar como de costumbre. A la mitad del día Él la llamó diciéndole que iba a ir a su casa en la noche. Ella le contestó que lo esperaba.
Esa noche ellos hablaban serios despues de la comida, Ella lo acariciaba en su cama y tras un silencio largo El volteó y de la nada le dijo:
- ¿Estas pensando en matarme?
- No... ¿por qué? Preguntó preocupada.
- Porque no sé, tuve esa imagen. Esta dificil esto...
Ella se asustó, no supo que decir, guardo un silencio pequeño e hizo una mueca para no contestarle.
-Entonces, ¿Qué hacemos?
- ¿De qué?
- ¿Cómo que de qué?
- Ah... perdón.
- ¿Estas prestando atención?
- Sí, sí.
- Dime entonces, lo que sea, pero dime la verdad.
- Si.
- ¿Sí?
- Sí. Lo hacemos juntos.
- Va a ser dificil...
- Lo que suceda, hagámoslo juntos
El sonrió y tomando su mejilla le dijo:
- Ya linda, no te pongas tan seria... nadie va a morir en este intento.
lunes, 28 de marzo de 2011
Vooolaaareeee oooh!!! Cantareeee OOh!!!
Hoy empiezo a hacer entrenamiento vocal... Estoy emocionada!!!!!!!!!! Primero porque el entrenamiento es personal, es decir, me entrenarán sólo a mi y eso me recontra afana; segundo porque es algo que he tenido pospuesto por millones de años (de deseo mental... jajaja los años comunes a veces se me multiplican en sensación) y tercero porque mi profe es una SUPER CAPA!.
Saben, cuando uno entrena la voz va encontrando las otras voces propias, las de cuando eras niño o de cuando eras adolescente o la que tenías hace un buen de años. Pero también encuentras las que tu memoria corporal ha guardado, las de tus padres o tíos, las de personas que has amado o mirado con admiración, las de personas que seguro no recordaras hasta que no las escuchas salir de tu cuerpo.
Se que debe leerse un tanto surrealista, pero en verdad sucede, es un trabajo movilizador... tal vez un poco atemorizante también. El entrenamiento vocal que yo he tenido en la vida ha sido en su mayoría grupal y eso es más o menos como 15 minutos personales a la semana durante un año... la diferencía del entrenamiento es grande.
Cuándo tenía 12 seguí entrenamiento en canto durante 5 o 6 meses, yo esperaba esos Lunes con muchísimas ansias... "Canto individual" le decían en mi colegio... ese taller se abrió y nadie más que yo se inscribió (No es eso raro??); extrañamente el taller no se cerró... la Miss María Luisa se quedaba conmigo todas las tardes del los lunes conmigo.
En una de las clases, me dijo que iba a cantar en los Juegos Florales y que entrenar más horas. Yo estuve más que contenta, me arreglé un día más de taller dentro de mi semana llena de días de danza y empecé a practicar para poder competir en Setiembre.
Sin embargo, en Agosto me jalaron en matematica y mamá decidió que no iba a ir más a cantar o competir porque estaba castigada. Traté de persuadir a mi madre del castigo con todo lo que se me ocurrió, pero parecía que no se conmovía con nada, ni si quiera con el hecho de que me había estado entrenando meses para competir y que eso era importante para mi; su contestación fue "La próxima vez no jalarás nada". Yo me quería morir de la pena, de la vergüenza. No estudié un pincho de putísima matematica y seguí jalada hasta el fin de año.
En verdad nunca entendí porque me quitaban cosas que yo realmente quería y hacía bien cuando no me iba tan bien en las clases... para mi no tenía sentido... siendo sinceros, a mi las cuestiones academicas no me entusiasmaban mucho... me quedaba claro que era algo importante, pero era algo que tenía que hacer sola, hacer preguntas en casa acerca de clases y que te contesten "Revisa tu libro" me parecía de lo más idiota (si preguntaba era porque no lo había entendido ni del profesor ni del libro, no era que sea tan tonta), entonces me llegaba repasar. Para la danza y el canto era diferente, yo preguntaba y alguien se tomaba el tiempo de hacer una repetición conmigo, entonces, yo tenía la disposición de tomarme el tiempo para ensayar, era un compromiso implícito, una cuestión de reciprocidad, por lo menos, yo lo sentía así.
Pero sobre todo, me costó muchísimo comerme la vergüenza de decirle a la Miss María Luisa que no iba a competir a pesar de haber estado practicando meses, a pesar de que la competencia era el mes siguiente. La Miss trató de hablar con mi mamá, pero ella nunca le contestó las notas. Despues de eso me miraba con con cierta pena... por un tiempo con resentimiento, despues de unos días me sonreía igual, tal vez era idea mía, que sentía de había defraudado a alguien que había puesto mucha dedicación en mi, sentí que mis esfuerzos habían sido en vano. Sentí como si un agujero negro se hubiera instaurado en mi garganta tragándose montones de mis palabras, sentí que lo que yo tenía para decir no era importante, sentí que mi voz se escondió, aplastó en mis cuerdas vocales.
He cantado varias veces más despues de eso, sólo que siempre que lo hago siento esta cosa rara en la garganta cuando alguien me mira... y a mi me gusta mucho cantar, quisiera que mi garganta no recordara esa sensación de niñez cuando canto para alguien. Me gusta cuando me doy cuenta que mi voz se ha liberado, aunque sea por unos minutos. Siento que la voz de mi mente se desfazó un poco de mi voz sonora despues de ese episodio.
Por otro lado, la matematica y yo tuvimos una desconexión terrible hasta que casi me botan de la universidad por jalar Matematica I; tuve suerte con el profesor de mi última oportunidad, se tomó una clase entera para explicar las conexiones de la matemarica con el mundo en un gráfico bastante exitoso; lo miraba y pensaba ¡Claro! ¡Ahora todo tiene sentido!... Y en verdad ese era el problema entre la matematica y yo, para mi no tenía una conexión con el mundo físico... me es curioso pensarlo, de alguna forma era parte de lo que me había desconectado de MI mundo.
Desconectarme de mi hace que también me desconecte de otros.
Y hablando de otros... El otro día tuve un sueño bonito, soñé que me casaba (o algo así... jajaja digamos que una construcción parecida) y cantaba, cantaba fuerte; con mi tío Germán en la percusión y Manolo en los teclados, le cantaba a alguien con mi vestido casi blanco. Al despertar pensé que seguramente sería así, porque si me caso y además canto, seguramente sería porque siento que mi voz es acogida en todo su registro y muy seguramente porque habría encontrado alguien con disposición de hacer las repeticiones de la vida conmigo, ciertamente eso requeriría de mucho compromiso y muchos lenguajes.
El cuerpo es amable y sabe responder cuando te has dado el tiempo de explorarlo y escucharlo, a veces la memoria se va, pero el cuerpo no olvida, creo que hay una belleza inmensa en eso.
Hoy me he levantado haciendo ruiditos bastante floridos, es que estoy muy contenta. Me he levantado con alegría pensando en que mis próximos Lunes levantarán muchos de mis recuerdos y me dejarán unos nuevos.He caminado a mi trabajo haciendo ruido de delfín terrestre (jajaja) y la gente me ha saludado mucho por la calle. Es que he estado muy sonriente.
Me voy de la oficina, con mucha ternura y con muchas ganas. El amor por mis días me hace sentir una sonrisa nueva.
Y cuando mis días y mis noches estan así me alegro de no haber escuchado a los que me dijeron que esto que quiero hacer era sólo un hobbie y que no se podía vivir así, de no haber escuchado a los que me dijeron que mejor estudiara algo relacionado con lo que trabajaba porque finalmente era algo que hacía bien. Me alegro de no haber hecho caso.
Me alegro de haber escuchado a mi Marita diciendo "Yo tengo fe en ti, yo creo que vas a llegar" cuando yo decía que tal vez perdía el tiempo, "Yo no se cómo, pero vamos a poder" me decía.
Camino y sonrío porque siento que me estoy construyendo de una forma que me causa júbilo y creo que ese es el camino al que quiero dedicar mi vida.
Así que cantaré.
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